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“Lie Castle”, el pueblo de las verdades

Era invierno y caía la tarde en Lie Castle; tarde plomiza y fría, pero ese frío que cala los huesos. Las chimeneas humeaban y el olor a leña quemada impregnaba el ambiente. Apenas se apreciaban las almenas del castillo, imponentes, emergiendo a través de ese extraño smog londinense en el que la niebla y el humo juegan a formar un ovillo de lana vaporizada.

Y allí estaba ella. True lady (apodada “el pichón”), exploradora medieval. Viajera empedernida y casi precursora del Lonely Planet. True adoraba viajar, conocer y descubrir y, en esta ocasión, sus pasos la llevaron hasta un destino totalmente improvisado. “… apenas se otea el horizonte, ¿verdad Candilero?”, susurraba a su caballo mientras éste intentaba ramonear unos melojos. Bien pensado, True. Es mejor un alto en el camino y llegar a casa sana y salva, que mañana es nochebuena!!

Así fue. Puesto que perderse no era una buena idea, pasar la noche en un pueblecito desconocido era un entorno cómodo para todo buen aventurero que se precie. Pero las cosas se torcieron en esta ocasión. Un pastor le recomendó un camino eterno para ascender hasta la muralla. Una vez allí, el centinela le exigió un peaje de un real y unos cuantos maravedíes. La responsable de la fonda le pidió que durmiera en las cuadras (apestosas), puesto que no le quedaban habitaciones. Y el tabernero de la tasca “el Monasterio” aseguró que no quedaba vino. Menudo panorama. Por primera vez, viajar no era divertido…

Hasta que apareció ella, Happy Dove, y se sentó a su lado. True llevaba un rato observándola con soslayo. Nadie le hablaba. Parecía Brenda Fricker en “Sólo en casa”, pero le faltaban las palomas. Atuendo oscuro y robustez inquietante. Solitaria y triste. Decadente. Pero muchas veces, las cosas no son lo que parecen. “Hola linda. ¿Un mal día?”. True estaba atónita, petrificada. Cuando encontró las palabras, le contó el mal comienzo que había tenido en Lie Castle. “Hija, todo es una mentira!” exclamó Happy Dove. Resulta que los habitantes del que parecía un pueblecito acogedor, tenían la patología de mentirse unos a otros sin reparo. True enfureció. Odiaba enfadarse, pero odiaba más aún las mentiras.

Una vez se acurrucó entre sus pertenencias y buscando el calor de Candilero para dormir, seguía dándole vueltas al tema una y otra vez. Ni siquiera un trocito de turrón de almendras que le llevaba a su madre por navidad consiguió mitigar su desasosiego (y eso que dicen que el chocolate lo cura todo). “ Ojalá nunca más pudiesen volver a mentir!!”, murmuró en deseos hacia los Liecastleleños. Cuidado amigos. Happy Dove olvidó decirle a True que, según contaban los más antiguos de la zona, en la noche del 23 de Diciembre todos los deseos pueden transformarse en realidad… al menos durante la navidad!!

A la mañana siguiente, siendo ya día 24, algo había cambiado. La propietaria de la fonda le ofreció un baño de agua caliente y unas mandarinas, almorzó pan con vino en la tasca, no le pagó al centinela y el pastor le recomendó un atajo. True abandonó extrañada y confundida Lie Castle, camino de su hogar. Lo que nunca supo es que esa navidad trajo la verdad al pueblo y, desde entonces, no lo ha abandonado. Hoy Lie Castle es el pueblo de la verdad.

Lo que sí tuvo siempre presente es que “buenas amigas son la felicidad y la verdad, tanto ahora como en navidad”. Como un día lo fueron True y Happy Dove!!


Autor: Alejandro Arias, profesor de Ciencias de la Tierra y Geología del Colegio Privado Engage.

Relato para el concurso de relatos cortos navideños del profesorado del Colegio Privado Engage.

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