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La mirada

Sienten calidez en el peor de los fríos. Acompasan sus corazones a ritmo de célebres cánticos entonados por jóvenes gargantas en gélidas avenidas de pasos apresurados por la impaciencia y la corriente. Inhalan. Se miran y sonríen. Exhalan. Todos esbozan una sonrisa, sin excepción alguna. Incluso las almas más desafortunadas y atormentadas guardan resquicios de entusiasmo en estas fechas, aunque se vean en la necesidad de yacer en el helado pavimento. Paradójicamente, ahora ni tan siquiera ellos están aquí. Se percibe un tímido halo de nostalgia en el ambiente. Las calles enmudecieron alrededor de las siete. El sonido de la suela de mis zapatos se siente estrepitoso al pisar por la calzada en esta fantasmagórica imagen protagonizada por la soledad y el vacío. Creo que puedo oír mi agitada respiración, acompañada por el sonido de algún vehículo en la lejanía. La luz no cesa, pero la niebla es poderosa y se impone, convirtiendo en sinuoso mi camino. Llegados a este punto, probablemente querréis conocer mi identidad. Quisiera aclarar, en primer lugar, que no es mi intención establecer juicios de valor sobre lo que aquí expongo. Soy un simple caminante con la vista puesta en las vicisitudes y las impresiones que se reflejan en mis ojos. Vago por las calles, sin rumbo, alimentando mi mente con el sonido y la efigie de lo urbano y de lo humano. Poco importa quién soy, lo único medianamente relevante es lo que veo, lo que oigo.

El gentío es el pincel en el lienzo de mi pensamiento. Vago. No holgazaneo, sólo vago. La apreciación es el motor de mis días, y me muevo a un ritmo frenético, incesante. Avanzo hasta doblar la esquina, dejando de lado mis elucubraciones. Ante mí hay un perro abandonado cruzando la calle. Le sigo con la mirada. Sólo estamos él y yo. Una luz. Algo tan simple como una bella luz hace despegar mis ojos del huidizo y desaliñado animal, para ser redirigidos hacia la ventana de una pequeña casa que carece de cortinas o persianas que oculten los secretos de su interior. Parezco un invitado más en la cena que se está celebrando. Ya son las nueve y diez. El tiempo pasa, pero no pesa. Veo a un hombre de mediana edad repartiendo pequeñas raciones de sopa a los comensales, que se sientan en torno a una gran mesa adornada en tonos rojos y verdes. De fondo, hay un abeto lleno de ornamentos de todos los colores y formas imaginables. Y, entonces, lo veo. Veo el brillo de la estrella fugaz en la copa del árbol reflejándose en la mirada de un pequeño que observa, ilusionado, el pino bajo el que Santa Claus dejará los presentes que tanto anhela sólo unas pocas horas más tarde. Y es en ese momento en el que me doy cuenta. Me doy cuenta de que debo apresurarme. Sigo mi camino y, sin ser muy consciente de ello, llego a mi destino. El rubor y la impaciencia florecen al apretar el timbre. Estoy temblando, pero ya no siento frío. Oigo pasos. Se abre la puerta: “Sé que he tardado años, pero…” –digo. “Feliz Navidad.” –responde una voz. La puerta se cierra. Ahora yo también sonrío.

 


Autora: Sandra Hidalgo, profesora de English del Colegio Privado Engage.

Relato para el concurso de relatos cortos navideños del profesorado del Colegio Privado Engage.

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