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Lucecita

El viejo Bera era uno de los mejores ebanistas de su región. “Le das un rancio tocón y te devuelve una obra de arte”, solían decir. Era tal la veneración que le profesaban sus vecinos, a quienes abastecía puntualmente de preciosos muebles, que cada año era requerido para el puesto de alcalde de Zimá, su aldea natal. Él siempre rechazaba el ofrecimiento.

Bera marchaba todos los domingos a la cercana ciudad de Vesná. Allí vendía sus artesanías, muy apreciadas por los nobles locales, que entregaban a cambio grandes sumas. Tras unas horas de venta en la bulliciosa plaza del mercado, aprovechaba la tarde para proveerse de leche de cabra en la alquería del camino principal. El sabroso queso que elaboraba el viejo era el manjar más preciado por su pequeña nieta. También acostumbraba a llevarle las moras que iba a recogiendo en el viaje de vuelta, razón por la cual solía hacérsele de noche. No importaba: “¡Queso y moras para mi lucecita!”.

A pesar de que el viejo no podía quejarse de la marcha de su negocio, seguía viviendo en la vieja cabaña heredada de sus padres. Los vecinos, en su eterno afán por complacerle, visitaban a la nobleza de la ciudad en busca de mansiones en venta. “¿Cómo va a seguir usted así, malviviendo dentro de esa choza cochambrosa?”, decían. “¡Con el artista que es!”. Él siempre respondía del mismo modo, sonriendo: “Muchas gracias, pero es donde quiere vivir mi lucecita. Ella es muy feliz aquí”. Al regresar de la ciudad siempre la encontraba junto a la estufa, tejiendo historias con los juguetes de madera que a menudo le tallaba. Ella corría a abrazarle, le retiraba el bastón y las botas y, cogiéndole de la mano, se apresuraba a comenzar el cuestionario de cada domingo, al tiempo que le obligaba a sentarse en su sillón. “¿Cómo ha ido? ¿Verdad que les han encantado tus muebles?”. Un cordial prólogo para la verdadera pregunta: “¿Has hablado con el doctor? ¿Y bien?”.

El viejo Bera estaba muy enfermo. Ningún médico, y había acudido a muchos, daba con la causa. Le recomendaban reposo, una casa más cálida y, por supuesto, dejar de ir a la ciudad. Él se oponía enérgicamente: “De Zimá a Vesná y de Vesná a Zimá. ¡Queso y moras para mi lucecita!”. Ella intentaba persuadirle de que siguiera las indicaciones de los galenos: “¡Quédate en casa, abuelito, así tendrás más tiempo para hacerme juguetes! ¡Te lo ruego!”.

Los padres de la pequeña Masha habían fallecido al poco de su nacimiento, y el viejo la había criado como si de una hija se tratara. Su amor conmovía a toda la aldea, y no faltaban los que se ofrecían a hacerse cargo de la pequeña en caso de que ocurriera lo que más temprano que tarde habría de ocurrir: “Cuando usted falte…”. Tal idea atormentaba a Bera. No por el trágico momento del adiós, que, como hombre de fe, ya había asumido hacía tiempo, sino por dejar desamparada a su nietecita.

El verano volvió a dorar las estepas de cereal y marchitó los prados de heno. El viejo recogió moras por última vez. La enfermedad amarraba su cuerpo con tal fuerza que se veía obligado a permanecer postrado la mayor parte del tiempo. Ya no había muebles, ni queso. Masha le cuidaba. Ella era lo que le confería las fuerzas necesarias para agarrarse a la vida. Peleaba. Peleaba cada día. Llegó el otoño, con las primeras lluvias. “Siempre estaré contigo, Masha; siempre”, le prometió.

El año tocaba a su fin cuando cayeron los primeros copos. “Son pequeños diamantes lo que cae del cielo, Masha. Diamantes que protegen la tierra bajo su manto etéreo y que, al llegar la primavera, la nutren de amor y de vida. Las amapolas, la pasiflora y las campanillas son sus hijas. Tú también eres hija de dos diamantes, mi lucecita, y algún día, como yo, serás el diamante que geste nuevas florecillas. Siempre estaré contigo”.

El viejo no sufrió. Se fue un domingo, mientras dormía. Al entierro acudieron, sin excepción, todos los vecinos de la aldea. Tampoco faltaron los nobles de Vesná, ni el dueño de la alquería. Tras celebrar la misa en latín, como gustaba a Bera, el sacristán recitó unos bellos versos compuestos por el tío Ilya, el vecino que se ocuparía de Masha. La niña vivió, en adelante, en un mar de lágrimas. Nada podía hacerse para recomponer su corazoncito.

Los vecinos no recordaban una nevada tan hermosa como la que tiñó de blanco la aldeaaquella mañana de Navidad. Masha despertó envuelta en una extraña sensación de calidez. A su alcoba llegaba un olor delicioso y familiar que la empujó a bajar de la cama de un salto. Olía a queso de cabra, y a moras, y a madera, pero nada había en el fuego. Abrió la ventana y se regocijó al ver la nieve. Un copito entró volando y se dirigió a su cuarto. “Un diamante”, pensó
con congoja. Lo siguió hasta su cama, y el copo desapareció. Se tumbó mientras dejaba caer una lágrima sobre la almohada y, de pronto, sintió algo debajo. Levantó la almohada y vio una cajita de madera, en cuyo interior descubrió dos figuritas talladas. La más grande representaba a un viejo ebanista dando forma a un tronco de madera; la más pequeña, a una niñita. Masha sonrió con ternura. En la tapa se distinguía una inscripción de preciosa letra y precisa factura: “Siempre estaré contigo, Lucecita”.


Autor: Mateo Rodríguez, profesor de Historia del Colegio Privado Engage.

Relato ganador del concurso de relatos cortos navideños del profesorado del Colegio Privado Engage.

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