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Letraedos

Historia basada en el relato de Juan José Millás 'La cosa'

Era una Navidad estupenda, pasé mucho tiempo con mi familia y amigos y el espíritu navideño estaba presente en cada rincón de la ciudad. Yo era un niño feliz que amaba los gatos, por ello les pedí a los Reyes Magos uno de estos asombrosos y elegantes animales. Para mi alegría e ilusión cuando abrí aquella gran caja que descansaba paciente bajo el árbol pude encontrar los preciosos ojos de un majestuoso gato.

El gato era de una especie muy rara que envejecía más rápido de lo normal, mucho más rápido. De esa manera a los dos meses ya había perdido la t. Entonces me pregunté, ¿qué hago yo ahora con un gao? No podía ocuparme de algo inexistente así que me fui a la tienda de letras más cercana que se encontraba a 12 horas en avión. Sabes, las tiendas de letras escasean y las que existen nunca tienen las suficientes. Salir a buscar letras es una actividad peligrosa.

El hecho es que llegué a mi destino con el peso del jet lag sobre mis hombros. Casi inconsciente entré a la tienda y pregunté al encargado si tenía una t y cuánto cobraba por ella. El hombre me miró con una cara extraña y llamó a alguien por teléfono.

“Perdone ¿policía? acaba de entrar un borracho en mi tienda”.

Ese acontecimiento me despertó, tuve que huir de allí lo más rápido posible, no sin antes borrarle la memoria al dependiente de aquella tienda de zapatos. Los humanos no deben saber de la existencia de los letraedos, ni de las letras.

Por fin pude encontrar la verdadera puerta de la tienda de letras, al entrar la melodía de una campana sobre la puerta penetró en mis oídos mientras una lluvia de letras de mentira caía sobre mi cabeza. El caso es que pedí una t pero no había y en su lugar me entregaron una l un poco desgastada.

Cuando llegué a casa le puse la l al gao y rápidamente este se convirtió en galo valiente y sudoroso. No sabes lo pesado que es cuidar de un galo irresponsable. Por suerte o por desgracia la g se cayó y tuve que rebuscar en mis cajones para encontrar otra g porque no me apetecía volver a la tienda. No encontré ninguna, sin embargo en el fondo del mugriento cajón de mi escritorio encontré una genial p casi nueva.

Ahora tenía un palo. Con él pase muy buenos momentos luchando contra mis enemigos y jugando con los perros de la calle. Pero toda mi felicidad con aquella palabra pasó rápido. La l se le cayó y sentí una gran frustración debido a que había recorrido mucho para encontrarla. Pero bueno, sigue siempre adelante ¿no?

Tuve que usar mi letra de emergencia que guardaba en mi cajón secreto debajo del suelo del sótano y tras los 5 kilómetros de túneles andando. No me gustaba tener que usarla porque en caso de que nos descubrieran y exterminaran una sola letra podría salvarnos. Por eso esa letra estaba tan escondida y no podría pasar mucho tiempo sin reponerla ¿quién sabe cuándo puede haber un genocidio de letraedos?

En esta ocasión la letra de emergencia era una t con la que conseguí un pato. No me agradan los patos, son animales que no deben estar en una casa pero aún así no podía dejarlo en ningún parque porque podía caérsele otra letra y sería un desastre para nuestra especie.

El pato me dio problemas pero no tantos como esperaba y viví tranquilo durante un tiempo. Sin embargo, nunca se está tranquilo con una palabra por ahí. Un día descubrí que al pato se le había caído la p. No tenía opciones. Tuve que usar mi letra, la letra que me definía y mi favorita.

Las letras favoritas son infinitas y cuando usas una automáticamente te aparece otra. Son las letras que te acompañan siempre y reflejan tu personalidad. Cuando usas una de estas letras con una palabra cuando se cae, la palabra es irreparable y desaparece.

En mi caso mi letra favorita es la r y con ella pude conseguir un rato y pegué con cola todas las letras de la palabra para que no se cayesen, porque esta palabra es perfecta. Pasar el rato… Genial.

 

Autora: Marta Alonso Martínez, alumna de 2º ESO del Colegio Privado San Luis Gonzaga

Trabajo realizado en clase de Literatura y Composición a propuesta de la profesora Lydia Ortega, consistente en escribir jugando con palabras, cambiando letras y creando términos nuevos para luego incluirlos en una historia. El relato está basado en el texto de Juan José Millás ‘La cosa‘.

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