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1º y 4º ESO experimentan el poder evocador de los sentidos en la Literatura

Su profesora de Literatura, Lydia Ortega, les pidió que escucharan un sonido, degustasen u oliesen algo y que a continuación escribiesen lo que les evocaba o el recuerdo que les venía a la mente. De esta manera los alumnos de 4º ESO han redactado los textos que reproducimos en esta página, positivamente sorprendentes, en un ejercicio que les llevó a experimentar la “búsqueda del tiempo perdido” que el escritor Marcel Proust reflejó en su obra, cuando rememoró recuerdos de su infancia al comer una magdalena, asociando el sabor, la textura y el aroma de la misma con un estímulo similar vivido en su niñez.

Este poder evocador de los sentidos pudieron comprobarlo también los alumnos de 1º de Secundaria, que realizaron un ejercicio similar.

Todos los trabajos fueron redactados en clase, lo cual es destacable porque requiere un mayor esfuerzo de concentración para ponerse a escribir.

 

 

Touch (lightbulb)

Formas, objetos, tactos, sensaciones. Dejarse llevar por la simplicidad del momento y tocar algo que te electrifique y recorra todo tu cuerpo hasta el más insignificante rincón de tu mente, cubriéndolo de una gélida capa tan fría como la nieve, e igual de bella. Una clase de belleza irreal como las lágrimas al caer delicadamente, siguiendo su curso alrededor del rostro, o una sonrisa que desvele lo que guarda el corazón. La superficie de mi conciencia estaba inmersa en un preciado recuerdo, anteriormente guardado bajo llave en algún lugar del subconsciente. Y poco a poco fue tomando forma, primero sentí los cálidos labios de mi madre sobre mi frente mientras en un susurro me daba las buenas noches. Seguido de una pequeña luz, no era nada nuevo, igual que cualquier otra que vemos día tras día. Pero era la ilusión que me invadía lo mágico de la estancia. Al ver la dulce luz parpadeando como una estrella que se elevaba hasta mis más profundos sueños junto a la luna, grande y redonda, que cada día me protegía de todos los secretos que la noche podía ocultar.

Taste (mentos)

Una maravillosa sensación me invadió completamente cuando el primer bocado de aquella dulce y pequeña chuchería toco mi paladar. Era el sabor lo que me había dejado inmersa en un extraordinario estado donde el tiempo estaba en un segundo plano, perdiendo su noción y dejándose llevar por el magnífico instante. No quería abrir los ojos por miedo a olvidar lo que tanta alegría me daba en esos momentos. Era la impotencia que sentía al no poder devolver a mi mente aquello que trataba de describir y que tanta felicidad me causaba. Y, cuando parecía que la última pizca de este sabor se perdía, me acordé. Primero estaba fragmentado, breves escenas desordenadas, que parecían no tener sentido pero poco a poco fueron cogiendo forma. Y el preciado recuerdo anteriormente olvidado había persistido para ahora ser el único pensamiento que ocupaba mi mente. Todo estaba oscuro, era de noche y tapada bajo una manta veía una vez más esa tierna película de la que ahora logro ver claramente cada escena. Recordando esos momentos tan felices en los que la dulzura de los caramelos se deshacía en mi boca mezclándose con la que invadía el ambiente y sacando una sonrisa sincera de aquellos momentos. Al terminar la chuchería volvió a esconder en su interior todos los recuerdos que había logrado transmitir ese pequeño círculo al deshacerse y ahora se guardaban cuidadosamente dejando una deliciosa sensación que lentamente se iría apagando.

Sight

La desgarradora melodía fluía a través de los destrozados y cansados dedos de aquel soldado. Mientras el alma de su gran amigo, ahora tendido en el suelo ascendía para mezclarse entre las notas que vagaban de un lugar a otro cubriendo hasta los lugares más recónditos de ese bosque con una fina capa, triste y melancólica, que te atravesaba completamente, dejándote frágil y expuesto. Demasiado dura era la realidad que los rodeaba a todos ellos y una solitaria lágrima descendió rápidamente para toparse con los ágiles dedos que se movían velozmente por las teclas del piano. Sin pararse, inundando todo el ambiente de una preciosa belleza que parecía poder desvanecerse en cualquier momento.


Autora: María Abejón, alumna de 4º ESO del Colegio Privado San Luis Gonzaga

 

 

El sonido del mar (historia basada en sonidos)

Blanca, así era mi piel, como la arena; tumbada mirando al horizonte, como bien se dice, mirando a la nada pensando en todo. El sonido de las olas, una detrás de otra, me va causando sueño, me relaja desde la cabeza hasta los pies, hundiéndome en la arena, pasando el tiempo, ola tras ola, mis ojos al hacerse  más pesados, se van cerrando lentamente. Relajada me estiro hasta rozar algo con la punta de mi pie, algo refrescante y húmedo hace que abra los ojos de un susto. Era la marea me doy cuenta, también me fijo en que el sol no tiene la misma fuerza que antes, como las olas, ya no eran tan resoplantes y relajantes. Ahora marrón, el color de mi piel, y el de la arena, que se había tostado.


Autora: Ana Cuellas, alumna de 4º ESO del Colegio Privado San Luis Gonzaga

 

Pequeño pedazo de vida olvidado (sentido del olfato)

Ya solo quedan cuatro calles para llegar a mi casa y resguardarme de la lluvia. El viento es fuerte y me estoy mojando, pero es posible que consiga llegar a casa sin empaparme. Empiezo a correr, doblo la primera esquina, y de repente, ya está ahí, ese olor. Intento convencerme de que no es el mejor momento para pensar en ello, pero no es la primera vez que  lo huelo esta semana y necesito saber qué es. Así, me paro allí y allí en medio, bajo la fría lluvia, me siento en el suelo mojado, apoyada en la helada y dura pared de piedra de la fábrica. Es un olor fuerte, dulce… es muy familiar para mí, sin embargo, no logro saber qué es, y eso me pone nerviosa. Cierro los ojos, inhalo, exhalo… sigo sin saber qué es, pero el viento ahora es cálido y ya no me importa que se me enrede el pelo, no ahora. El suelo de repente se vuelve más cómodo, más blando, más cálido, como si quisiera que me quedara allí, averiguando cuáles eran las memorias que me traía aquel olor. Oigo un ruido, sé que no debería estar aquí, pero no quiero abrir los ojos, creo que estoy más cerca de averiguar lo que es, o de dónde viene, algo. Cuando me quiero dar cuenta ya casi no llueve y una luz blanca está iluminándolo todo. No. Todavía no puedo abrir los ojos, lo sé. El molesto ruido de antes vuelve, debería irme, no es bueno que esté aquí, pero vuelve una gran ola del olor, esta vez más fuerte que la anterior, siento que estoy tan cerca… Por unos minutos más no pasará nada. Un nuevo sonido se sobrepone al anterior, un bebé llorando. Pero no es cualquier llanto, lo reconozco, es el de mi prima cuando era un bebé. Pero no puede ser, ella ya tiene seis años. Me quedo allí, quieta, ahora incapaz de reaccionar, no sé qué está pasando, pero no quiero que acabe.  De nuevo, inhalo, exhalo… dejando que el olor me invada. Y entonces lo recuerdo, se forma la imagen. Estoy sentada en el campo, en frente de la casa de Córdoba, aquel último verano que nos reunimos todos allí, y mi abuela está cocinando aquellos pastelitos que solo ella sabe hacer y que solo cocinaba en verano… De repente, recuerdo que me han dejado a cargo de mi prima, me levanto para  ver por qué llora y sin más, todo acaba. Vuelvo a sentir el suelo duro, el pelo y la ropa empapados, la oscuridad de este día gris de lluvia… pero algo ha cambiado. Ahora estoy feliz, por haber revivido aquel pequeño pedazo de vida olvidado. Satisfecha, corro hasta casa, aún preguntándome de dónde venía el olor y por qué se esfumó, sin más.

 

Sight

Todo está destruido y sé que debemos volver a las trincheras antes de tener que lamentar más pérdidas. Pero entonces veo ese antiguo y precioso piano, que se encuentra sobresaliendo entre los escombros. Esta vista me hace recordar inevitablemente aquellas tardes en casa de mi abuela, cuando se iba el profesor y podía practicar las cada vez más numerosas canciones que sabía tocar en el enorme piano. Concentrado en mis pensamientos, no me he dado casi cuenta de que he abandonado el grupo y la dirección en la que corríamos y que me acerco, agachado, asustado, procurando no hacer ningún ruido, al piano. Después de todo lo que ha sufrido, explosiones, golpes y demás no estoy seguro de que siga funcionando, pero vale la pena intentarlo. Ya estoy junto a él y siento una alegría inexplicable cuando, al presionar una de las teclas, ésta emite su dulce sonido. Atónito, bajo el rifle, dejándome así expuesto al peligro, toco la siguiente tecla, con sumo cuidado, como si se tratase de un tesoro. Poco a poco, dejo que mis dedos, ya no tan hábiles como antes, toquen aquellas melodías de las que os hablaba antes.


Autora: Irene Serrano, alumna de 4º ESO del Colegio Privado San Luis Gonzaga

 

 

“Que sea nuestro secreto” (sentido del olfato)

Estoy sentado en clase, estamos en la hora de Literatura. Hoy, nuestra profesora Lydia ha decidido hacer algo diferente, una especie de prueba según dice. Se pone a la derecha y me acerca algo: “Huele”, me dice.

Estoy en la playa, el sonido de las olas me lleva a una sensación extraña, recuerdo, me digo a mí mismo. Estoy en la arena, tengo nueve años, hace calor y tengo los pies dentro de la tierra húmeda de la orilla, me doy la vuelta, mis padres dormidos en sus toallas bajo la sombra de la sombrilla, no me preocupo, miro a la derecha, el sol me ciega tanto que me impide ver el final de la interminable orilla, miro hacia la izquierda, la gente toma el sol, juega, descansa. Fijo la mirada en un hombre que veo cerca de la orilla, lleva un carrito, le reconozco, es el hombre que vi por la mañana. Me frustra saber que lleva caminando más de tres horas por la arena de la playa ardiendo con unas simples sandalias, aún así se le ve feliz, sigue cantando esa canción tan pegadiza que te nombra los alimentos y bebidas que vende, no la para de repetir. De repente oigo “coco”, me encanta el coco, entusiasmado -¡aquí, aquí!- grito varias veces. El hombre me mira, se me acerca.

Buenos días, señorito, ¿qué quieres tomar? -me dice- ¡Coco! le respondo ilusionado. “Aquí tienes”, me da un cachito de coco, primero quiere que lo pruebe, hago lo que me dice, me encanta -¡más!-, un euro me dice con tono alegre y amable, yo no tengo dinero, le respondo, me mira intrigado y me acerca los cachos de coco a la mano, y me dice con un tono suave, susurrando: “que sea nuestro secreto”. Se lo agradezco con una sonrisa. Se dispone a irse mientras me dice “adiós, señorito, ya nos veremos”. Le hago con mi mano un gesto de despedida mientras me como mis cachos de coco, me encanta.


Autor: Manuel Carbayo, alumno de 4º ESO del Colegio Privado San Luis Gonzaga

 

La merienda de la abuela (Taste)

Ya hemos llegado. Mamá está sacando nuestra ropa de las maletas y la organiza para toda la semana; mientras, papá está fuera, cogiendo las sillas de coche para mi hermana y para mí. El verano había llegado. Tocaba pasar una semana en la casa de la sierra de los abuelos.

Mis padres se volvían a casa. Tal y como lo deseé, fue que estos salieran por la puerta de la casa, y enseguida llegara la abuela al salón al golpe de: “¡la merienda!”. Ese era un gran momento tanto para mi hermana como para mí, la abuela siempre nos daba de merendar algo delicioso que, en la mayoría de los casos, era dulce. Nos preparamos en el sofá como fieras a ser alimentadas. Entonces la abuela se sienta entre mi hermana y yo. Por fin podíamos ver lo que era, el manjar que escondía ese envoltorio tan colorido que mi cabeza relacionaba directa-mente con los días que íbamos a pasar. Mi hermana se dispuso rápidamente a recibir su porción, y yo, como hermano pequeño que era, la imité. Ahora llegaba el momento en el que la abuela por fin abría la merienda, ese delicado movimiento de manos que dejó entreabrir lo suficiente el plástico para que nos llegara una dulce fragancia que incrementó nuestras ganas de comer. Ya dejaba ver el interior de donde sobresalía una porción que mi abuela partió de un pequeño tirón hacia abajo. Era el turno de mi hermana, quién se apresuró a llevárselo a la boca y disfrutar del dulce sabor característico. Por fin llegaba mi turno. La abuela partió mi porción y me la dio con un dulce gesto. Troceo mi parte por los tres surcos que lo dividían, miro a mi abuela y me meto uno de los pedazos en la boca. Se cierran mis ojos. Entonces se me vienen a la mente imágenes de otros años que había ido a esa casa, y pienso en la semana tan entretenida que tenía por delante.

Abro los ojos. Todo ha cambiado, me encuentro en la clase de cuarto de secundaria del colegio al que tantos años llevaba yendo. Estoy en clase de literatura, trabajando los sentidos y, por un solo segundo, me había teletransportado 12 años atrás, a uno de los recuerdos más nítidos y preciados que tengo de mi abuela; que había vuelto a sentir tan lentamente, que fue como vivirlo de nuevo. Quién iba a decirme que una sola onza de chocolate blanco me llevaría tan lejos en mi memoria; que me transportaría junto a una persona tan especial para mí como era mi abuela; que volvería a notar una presencia que ya no puedo sentir y hace tanto que añoro; o que me devolvería la sensación de tranquilidad de una presencia que tardaré tanto en volver a sentir. Pero lo más importante, volví a tener un sentimiento tan fuerte, como es el amor de un niño, hacia una persona a la que tanto aprecia.


Autor: Carlos Argos, alumno de 4º ESO del Colegio Privado San Luis Gonzaga

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